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domingo, 13 de septiembre de 2026

El Perfil Criminal de Javier Román, Sospechoso de Hacer Desaparecer a Cristina Bergua

Quienes tenemos muchos años y experiencia y hemos estudiado toda la ciencia empírica de la psicología forense además del comportamiento social y la psiquiatría, el lenguaje no verbal ante la ausencia de evidencias firmes, ayuda a elaborar unos hechos partiendo de una perfilación psicológica en un comportamiento criminal. En la fatídica noche del día 9 de marzo del año 1997 entre el margen horario de las 20:30 y las 22:00 , pudo estar la clave ya que nada ni nadie pudo demostrar qué hizo el exnovio de Cristina Bergua, la chica desaparecida ese día cuando tenía apenas 16 años, diez años menos que el principal autor del suceso, Javier Román. Nada ni nadie, excepto la familia de éste, pudieron afirmar que durante ese intervalo de tiempo Javier Román estuvo en su vivienda y como nada demuestra lo contrario lo mas evidente porque impidió que nadie del entorno familiar y social de la chica pudieran comprobar en el interior del inmueble la presencia de la joven Cristina Bergua. Un tiempo crucial y sumamente valioso donde el sospechoso tuvo margen de maniobra para hacer desaparecer a la chica. Con una principal hipótesis de haberla introducido en el interior de la vivienda en unas determinadas circunstancias pero también otra que también pudo haberla llevado a cabo , trasladándola en vehículo hasta el bosque de Collserola o bien al de la Ermita de San Jerónimo, haviendola ocultar,pero por los tempos y por las testificales, la maniobra dentro de la casa es la mas factible. Una elaboración psicológica forense nos hace extraer qué nos estuvo diciendo Javier Román a través de su lenguaje corporal y no verbal para sacar un correspondiente informe criminal.
Su cuerpo en los programas de televisión y entrevistas que se le realizó contradijo por completo la calma que intentaba fingir: Mirada esquiva y falta de contacto visual: Durante las preguntas más incisivas de los presentadores y de forma más evidente, al escuchar la voz de Luisa Vera, madre de Cristina Bergua, Javier Román evitó mirar fijamente a la cámara o al presentador. Sus ojos se movían constantemente hacia abajo y hacia los lados , lo que en psicología se asocia comúnmente con la sobrecarga cognitiva, la construcción de relatos falsos o la evasión de la culpa. Bloqueo corporal y postura defensiva: Se sentó manteniendo los brazos cruzados rígidamente o con las manos fuertemente entrelazadas, creando una barrera física entre él y el entorno en el que en ese momento se encontraba. Este "cierre" corporal denotaba en una persistencia de que se sentía bajo una amenaza constante y en una actitud puramente defensiva. Microexpresiones de tensión: Los expertos detectamos constantes parpadeos acelerados, deglución repetida (sequedad de boca provocada por la adrenalina del miedo y pavor) y sutiles tics faciales cada vez que se mencionaba la última franja horaria en la que se le vio con Cristina, la franja que mencionamos anteriormente. Incongruencia emocional: Lo que más alarmó a los investigadores y a la audiencia fue su absoluta falta de afecto, tristeza y empatía. Su lenguaje corporal no era el de un novio consternado y desesperado por la desaparición de su pareja de 16 años, sino el de un individuo sociopático y narcisista hostil enfocado exclusivamente en protegerse a sí mismo y en desacreditar a la familia de la víctima. A pesar de que este preocupante perfil psicológico reforzó todas las sospechas de los agentes, al no contar con una confesión ni con una sola prueba física en el mundo real, los jueces no pudieron sostener una acusación formal.
La historia comenzó en la noche del 9 de marzo del año 1997 y desde entonces el padre de Cristina Bergua lleva pegadas más de 300.000 fotografías de su hija por toda la geografía de España. «En casos como el nuestro, lo más importante es buscarlos porque la tierra no se traga a los desaparecidos», reclamó. En la cabeza de Luisa Vera y Juan Manuel Bergua, una pregunta se repite con insistencia desde hace más de 28 años. «¿Qué pudo haber pasado? Llegamos a pensar en qué podíamos haber fallado. Pero nunca ha habido respuestas. Ni pruebas. Ni indicios». Pasados 28 años, el caso sigue abierto pero cualquier responsabilidad penal de los autores de la desaparición estará prescrito.
La incertidumbre sobre Cristina, dice el padre, es «mucho peor» que la muerte. «Porque no sabemos qué pasó, ni podemos enterrarla ni hacer un duelo. Es una agonía que te va matando lentamente: el no saber es un sin vivir, el cerebro no descansa nunca. Y así llevamos 28 años».
Aquella fatídica tarde de marzo, la joven, de 16 años, había quedado con su novio. Ella se disponía a romper la relación, se lo había dicho a sus amigas. Javier Román defendió que la acompañó a pie hasta el domicilio de sus padres pero ella nunca llegó a casa. Pasados cinco minutos de las 22 horas, la hora límite para la vuelta de la adolescente al hogar familiar, Juan Manuel Bergua se fue a la comisaría a denunciar su desaparición. Horas después, los progenitores y el hijo mayor empapelaron Cornellà de Llobregat y sus alrededores con carteles en los que se reproducía la imagen de Cristina. Después llegaron las llamadas de socorro a los medios de comunicación, al Gobierno y a cualquier herramienta a su alcance. Muchos vecinos se unieron a las manifestaciones organizadas para encontrar a la joven, pero Javier Román nunca estuvo entre ellos, no hizo ni lo mas mínimo. Aunque el novio de Cristina era el principal sospechoso, jamás hubo ningún elemento de imputación contra él.
Un año después, en 1998, la juez instructora, Maria Sanahuja, siguió una pista anónima que aseguraba que el cadáver de Cristina Bergua podría haber sido arrojado a un contenedor de basura. Pasados varios meses, la juez decidió buscarla entre las 25 toneladas de residuos del vertedero del Garraf. El lugar se convirtió en la esperanza de los Bergua. «Fueron 60 días de búsqueda. Apenas ocho agentes de Policía. El ejército denegó ayuda por no tener preparación ni materiales para subir al vertedero. Y el Parlament paró finalmente los trabajos tras afirmar que eran demasiado caros». Alguien había filtrado a la prensa, vulnerando el secreto de sumario, que la búsqueda en el vertedero tenía un elevado coste. El precio resultó ser de 50 millones de pesetas (300.000 euros). «Sigo sin entender por qué a alguien le podía interesar que se detuviera la búsqueda».
El padre de Cristina Bergua no puede esconder el sabor agridulce que le produjo el contraste entre la búsqueda de su hija en el vertedero por parte de ocho policías voluntarios y la de la sevillana Marta del Castillo en marzo de 2009 , doce años después en el río Guadalquivir con 240 efectivos. «El número de agentes era 30 veces superior. En Sevilla, sólo 24 horas después, se fueron del río a un vertedero. En ese caso, la respuesta fue perfecta, divina. Eso prueba que hemos avanzado. Ojalá la hubieran encontrado».
Luisa Vera y Juan Manuel Bergua han contribuido a la obtención de logros inexistentes hace unos años. «Ya no hace falta esperar 24 o 48 horas para denunciar la desaparición de alguien. La familia tiene derecho a saber qué le ha ocurrido a un familiar mayor de edad que se va sin una razón justificada y deja todas sus cosas en su habitación: un claro síntoma de que algo malo le ha ocurrido».
El matrimonio decidió crear la primera asociación de personas desaparecidas. Inter-SOS fue pionera en la lucha de familiares en España. «Trabajamos duro. Empezamos a salir en medios de comunicación y muchas personas se nos unieron. Llegamos a imprimir miles de carteles para distribuirlos en comisarías y ayuntamientos de toda España. Llegábamos a todas partes. Y, además, hicimos jornadas técnicas de desaparecidos: con dinero procedente de ayuntamientos, invitábamos a criminólogos, policías y políticos».
Lograron que el 9 de marzo sea el día mundial de los desparecidos sin causa aparente. Y la presión de la entidad, sumada a la de otras similares que aparecieron, se tradujo en la aprobación por parte del Estado de algunas de las reclamaciones históricas de los familiares de personas desaparecidas, como la creación en 2008 de una unidad específica en los Mossos d'Esquadra, la aplicación de un protocolo de actuación o la entrada en funcionamiento de una base de datos compartida entre todos los datos de seguridad. «El Gobierno hacía siempre oídos sordos. Ni Jaime Mayor Oreja, ni Mariano Rajoy, ni Ángel Acebes quisieron recibirme cuando eran ministros de Interior. Ahora empieza a escucharnos. El cambio ha sido como pasar de la noche al día». Javier Román posteriormente a todo ésto está teniendo problemas con la justicia, fue encarcelado por tráfico de drogas al ser interceptado en el aeropuerto intentando introducir mas de tres kilos de cocaína llegando desde República Dominicana, alli a una expareja le llegó a confesar que si seguía dándole complicaciones en una serie de asuntos cotidianos " te podré matar, y no serías la primera o acaso no sabes que de donde vengo las hay que lo han sufrido". En suelo español también fue condenado por violencia de género a otra expareja española, esa violencia de género que ejerció decadas atrás y con Cristina Bergua dando fé de ello si llegase a aparecer viva y sana.

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