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domingo, 1 de noviembre de 2026

La Leyenda de Lizzie Borden, La Parricida de Fall River

El nombre de Lizzie Borden se extendió por todo Estados Unidos en 1892 debido a una canción de autor anónimo que se popularizó entre los niños y cuyas rimas dicen: Lizzie Borden took an axe, And gave her mother forty whacks. When she saw what she had done, She gave her father forty-one” Estas rimas, traducidas al español, quieren decir: “Lizzie Borden cogió un hacha / y a su madre dio 40 golpes / cuando vio lo que había hecho / le dio a su padre 41”. Nacida en el año 1860 en Fall River, Massachusetts, Lizzie Borden fue la hija menor del matrimonio formado por Andrew Borden y Sarah Anthony. Sus hermanas mayores eran Emma y Alice, ésta última murió a los 22 meses de vida.
Andrew Borden, el padre, fue un hombre adinerado. Era exitoso en la fabricación de muebles y ataúdes, amasó una fortuna como promotor inmobiliario. También fue directivo de varias fábricas textiles y presidió el Union Savings Bank. Pese a su fortuna, Andrew Borden era un hombre austero. Su vivienda ubicada en el número 92 de la calle segunda de Fall River y que aún está en pie, hoy funciona como un hostal y museo dedicado a Lizzie Borden, también carecía de fontanería interior, aunque podría habérselo permitido. Era una casa amplia y cómoda, pero alejada de la zona donde vivían las familias adineradas de la ciudad. El rasgo distintivo de Lizzie Borden fue su crianza religiosa, ya que participaba activamente en las actividades de la Iglesia Congregacional Central de la ciudad e impartía clases de religión en la escuela dominical a los hijos de inmigrantes. Fue la secretaria y tesorera de la Christian Endeavor Society y participó regularmente en los actos de la Woman’s Christian Temperance Union. Esta actividad fue decisiva y salió a relucir más tarde en su juicio. Todo se tuerce en su historia en el año 1863, cuando fallece su madre Sarah Anthony y tres años después, cuando Andrew Borden contrae matrimonio con Abby Durfee Gray. Las hermanas Emma Borden y Lizzie Borden nunca se llevaron bien con su madrastra Abby, a quien siempre llamaron “señora Borden”. Argumentaban que Abby se había casado con su padre por su dinero. Rara vez comían con sus padres y se quejaban de que su progenitor brindaba ayuda económica a los familiares de su esposa, concretamente en bienes raíces, en desmerecimiento de su patrimonio. Las peleas se hacían tan intensas que las hermanas se tomaron en julio de 1892 unas vacaciones prolongadas en New Bedford y regresaron a Fall River una semana antes de los asesinatos. Ese era el clima familiar el 4 de agosto de 1892 el día del crimen.
Para esa fecha la familia llevaba varios días enferma. Se le atribuyó a una carne de cordero que se había dejado en la cocina para consumirla durante varios días pero la madrastra de Lizzie comentó a conocidos de que había sido un envenenamiento. La mañana del 4 de agosto de 1892, tras desayunar, Andrew Borden y un familiar que se estaba quedando esos días en la casa, John Vinnicum Morse, salieron a la calle cada uno por su cuenta. A la criada, Bridget “Maggie” Sullivan, se le encomendó que limpiara las ventanas exteriores de la casa.
Abby Borden subió al piso superior para hacer las camas entre las 9:00 y las 10:30 de la mañana. Según el forense, esas son las horas en las que Abby Borden fue asesinada. Recibió 40 hachazos, el primero de ellos en la cabeza.
A las 10:30 de las Andrew Borden regresó a casa. Al entrar le preguntó a Lizzie dónde estaba Abby Borden y Lizzie le respondió que había ido a visitar a una amiga enferma. Bridget Sullivan declaró que ayudó a Andrew Borden a quitarse las botas y le trajo sus pantuflas antes de que se recostara en el sofá a dormir una siesta pero las fotografías contradicen ese hecho ya que muestran al Señor Borden con botas. Sullivan se marchó a su habitación del tercer piso a descansar cuando a las 11:10 de la mañana oyó a Lizzie gritar: “¡Maggie, ven rápido! Papá ha muerto. Alguien ha entrado y lo ha matado”. Había recibido de 41 hachazos, al punto que su rostro era irreconocible. La Policía llegó al lugar del crimen y Lizzie declaró que se encontraba fuera de la casa, en un cobertizo trasero y que no escuchó ningún ruido extraño. Los investigadores le preguntaron por su madrastra Abby y ella les contestó que Abby había recibido una nota de una amiga enferma pidiéndole que la visitara. Se le pidió a la criada Sullivan que la buscara en el segundo piso, para comprobar si había regresado, y allí es cuando se descubrió su cuerpo. Desde el inicio, Lizzie despertó las sospechas de los investigadores. Sus reportes mencionaban que se encontraba tranquila y serena. En el sótano se encontró la cabeza de un hacha corta con el mango recientemente roto, cubierta con ceniza y polvo como para intentar dar la impresión de que llevaba tiempo sin usarse. También se encontró allí un cubo que contenía lo que parecían ser prendas de ropa manchados de sangre, pero Lizzie atribuyó el hecho a su menstruación, por lo que la Policía no las revisó.
En la audiencia cambió varias veces su versión de lo que había estado haciendo la mañana del crimen: dijo que se encontraba en la cocina leyendo una revista cuando su padre llegó a casa, para luego decir que estaba en el comedor planchando y más tarde, que estaba bajando las escaleras. El 11 de agosto de 1892, se emitió una orden de arresto y Lizzie Borden fue encarcelada. Su detención atrajo una gran atención mediática en todo Estados Unidos, mientras un jurado investigador examinaba las pruebas. Lizzie Borden fue formalmente acusada del asesinato de su padre y su madrastra el 2 de diciembre de ese año. El juicio comenzó el 5 de junio de 1893. La fiscalía no pudo demostrar que el hacha con el mango roto fuese el arma homicida. No se conservó la ropa manchada de sangre en el cubo y tampoco se pudo comprobar la ubicación exacta de Lizzie Borden dentro de la casa a la hora de los asesinatos. Se supo también durante el juicio que Lizzie había comprado ácido cianhídrico diluido al farmacéutico local un día antes de los asesinatos, pero su defensa alegó que su intención era usarlo para limpiar sus abrigos de piel. El jurado, compuesto totalmente por hombres, alcanzó su veredicto en apenas 40 minutos, proclamando la inocencia de Lizzie Borden. La conocida labor de Lizzie Borden en la iglesia local y su pertenencia a una familia apreciada en la ciudad hacían inconcebible, para aquel jurado, que una mujer con esas características pudiese cometer un crimen tan cruel.
Debido a que se dictaminó que Abby murió antes que Andrew Borden, la herencia pasó primero al marido y luego a sus hijas. Las hermanas Borden se mudaron a una casa grande y moderna en un barrio de mayor abolengo en Fall River. En esa época empieza a usar el nombre de Lizbeth Alice Borden, pero pese a su absolución en el juicio, la alta sociedad de Fall River la excluye. En 1905, tras una discusión debido a una fiesta que Lizzie organizó para la actriz Nance O’Neil, su hermana Emma Borden se mudó de la casa y nunca más volvieron a tratarse.
En los últimos años de su vida, Lizzie Borden se alejó de la iglesia. Murió de una neumonía el 1 de junio de 1927. Tenía 66 años. El funeral no fue anunciado en la prensa y acudieron pocas personas a su sepelio. Su hermana Emma murió nueve días después, en una residencia para ancianos en Newmarket, New Hampshire. Lizzie y Emma fueron sepultadas en la parcela familiar de la familia Borden en el cementerio Oak Grove en Fall River. Dejaron una fortuna en bienes raíces, acciones de empresas, dos automóviles y joyas.
Ese final solitario no impidió que su nombre permaneciese vivo en la cultura popular. La rima popular mantuvo fresco el nombre de Lizzie Borden. Obras de teatro, cuentos y canciones perpetuaron su recuerdo. Hollywood explotó la historia como un cuento de terror. Entre las adaptaciones televisivas notables están las miniseries “The Legend of Lizzie Borden” (1975), protagonizada por Elizabeth Montgomery (“Bewitched”), y “The Lizzie Borden Chronicles” (2015), con Christina Ricci. Una película, “Lizzie” (2018), protagonizado por Chloë Sevigny como Borden y Kristen Stewart como Bridget “Maggie” Sullivan, propone que hubo una relación lésbica entre ambos personajes que sirvió como detonante de los asesinatos.
Absuelta por un jurado, pero atada en la imaginación de muchos a la etiqueta de “la loca del hacha”, Lizzie Borden pervive en el centro de un macabro misterio que sigue asustando a la gente más de un siglo después.

miércoles, 28 de octubre de 2026

El Triple Crímen de Chiloeches, En Busca de La Colección de Relojes

El triple asesinato de la familia Villar Fernández ocurrió en la madrugada del 13 al 14 de abril del 2024 en el chalet de Chiloeches donde Ángel, Elvira y su hija Laura de 22 años, fueron asesinados de manera brutal a manos de Fernando Peña, de 29 años, mientras que el hijo varón Yerai , logró escapar por una ventana y salvar su vida. Fernando Peña, autor material de los crímenes, se personó en la vivienda empuñando una navaja y una bayoneta de 40 centímetros. La fiscalía relató cómo atacó primero a los padres antes de acabar con la vida de Laura. Tras perpetrar los asesinatos, prendió fuego a la vivienda para borrar huellas y huyó con parte del botín. El asesino reconoció los hechos durante el juicio, declarando: "Sí, soy el autor de las tres muertes". La magistrada del caso condenó a Fernando Peña a 40 años de cárcel y prisión permanente revisable por tres asesinatos con alevosía, además de imponerle una indemnización de 500.000 euros. La sentencia justificó la pena por la extrema brutalidad de los hechos y en la frialdad del autor, quien no mostró arrepentimiento. David, el amigo del asesino que lo trasladó hasta el chalet, fue condenado a dos años de prisión como cómplice, mientras que Cristian, el ex novio de Laura y considerado el ideólogo del robo, recibió cuatro años como cooperador necesario por haber proporcionado toda la información detallada sobre la vivienda.
De tres asesinatos, dos les salieron gratis. Fernando es un triple homicida frío, calculador y sanguinario, y las demás condenas quedaron en un segundo plano frente a la Prision Permanente Revisable. Eran las tres de la madrugada cuando unos fuertes golpes me despertaron. Aún medio dormido, escuché los gritos de mi padre y poco después, los de mi hermana. Así comenzó su estremecedor relato Yeray Villa, el único superviviente del crimen de Chiloeches en Guadalajara, en el que sus padres Ángel y Elvira, también su hermana Laura fueron asesinados la madrugada del 13 de abril del 2024 en su vivienda unifamiliar de la urbanización Medina Azahara.
Yeray Villa relató que fue su instinto el que le llevó a sujetar el pomo de la puerta de su habitación; notó cómo alguien intentaba abrirla, pero no pudo y se marchó, recordó Yeray. Tras esperar unos minutos, logró huir por la puerta que comunicaba la cocina con la terraza, que tenía el pestillo roto y esa noche no echaron la llave. Tras ello, saltó la valla de la vivienda y corrió varias calles antes de llamar al 112. En la vivienda había unos 75.000 euros, procedentes de la venta de unas tierras por parte de su padre, y una colección de relojes que según Yeray, «no eran caros, pero sí de gran valor sentimental». El joven describió a su familia como «normal», aunque reconoció que su hermana Laura había tenido «algún roce con su padre». Yeray Villa conocía bien a Christian, el novio de su hermana y uno de los detenidos. A pesar de tener una orden de alejamiento sobre Laura, seguía visitando la casa con frecuencia. «Incluso llegó a pintar su habitación», explicó. Christian es el principal ideólogo del robo, algo que varios testigos corroboraron. «Él había descrito cómo era la casa y cómo pensaban acceder a ella, aunque en ningún momento habló de asesinar a nadie», precisaron. Cuando los agentes llegaron al lugar, encontraron la vivienda parcialmente calcinada. Según reconoció su propio abogado, Fernando Peña fue el autor material de los hechos. Él había provocado el fuego para «borrar rastros». En el dormitorio principal hallaron dos cuerpos: el de Ángel Villa, el padre, tendido en el suelo junto a una bayoneta, y el de su esposa, Elvira, sobre la cama. A su lado los investigadores encontraron el teléfono móvil de Fernando Peña. Un tercer cuerpo, el de Laura, había sido localizado en la escalera por los bomberos y trasladado a una ambulancia.
De acuerdo con los mensajes de WhatsApp y las declaraciones judiciales, el plan inicial era cometer un robo. Buscaban joyas, relojes y dinero. Christian conocía perfectamente lo que había en la casa y planeó aprovechar una supuesta ausencia del matrimonio. Mientras él salía a cenar con Laura, Fernando Peña entraría a robar. Si se encontraba con Yeray Villa, pensaban reducirlo con espray de pimienta y atarlo. Sin embargo, los padres no salieron de casa. La madre de Yeray, que trabajaba de noche, estaba de baja por una lesión de menisco y su padre tenía unos días libres. La necesidad de Fernando Peña por conseguir dinero debido a sus deudas, precipitó los acontecimientos y el robo terminó convirtiéndose en un triple asesinato. Antonio Manuel Muñoz, amigo de los tres detenidos, Fernando Peña, Christian y David, declaró que tanto Christian como Fernando le propusieron participar en el robo, para llevar al autor del crimen hasta la urbanización. «Esperaban a que Laura avisara a Christian de que sus padres no estuvieran en casa. En teoría no iba a haber nadie», relató.
El día de los hechos, Fernando Peña lo llamó y le dijo: «¿Estás disponible para una historia?». Le ofreció dinero, pero él rechazó participar. «Me dijo que entraría, estuviera o no alguien dentro, porque necesitaba el dinero por sus deudas», recordó el testigo, quien finalmente acudió a la Guardia Civil para «hacer lo correcto». Los investigadores comenzaron a atar cabos cuando las cámaras de seguridad captaron a un Peugeot negro merodeando por la urbanización sobre las cuatro de la madrugada del día de los hechos. Dentro iban la madre y la novia de Fernando Peña, junto a David, que buscaban a Fernando. Sin éxito, las cámaras le captaron después caminando solo, de noche, hacia la casa de su abuela. De allí se marchó con su novia a un hostal en Daganzo de Arriba (Madrid). Fue arrestado esa misma tarde, alrededor de las cuatro, tras intentar agredir a los agentes con unos destornilladores que llevaba en el bolsillo en el momento de la detención. En la habitación del hostal de Daganzo de Arriba, los agentes encontraron en una papelera una bolsa negra y debajo una bolsa roja que contenía dinero, relojes, pulseras, brazaletes, y donde en uno de ellos les llamó especialmente la atención al estar grabada con el nombre de Elvira: una de las víctimas del triple crimen.
Fernando Peña tiene antecedentes por robo con fuerza, resistencia, estafa o por conducir sin carné de conducir. Al parecer fue solo él quien entró en la vivienda y efectuó los asesinatos.
David, habría sido el colaborador necesario, ya que utilizó el coche de su madre , el Peugeot negro para llevar a Fernando Peña hasta la urbanización. Sin embargo, él se fue y no quiso participar en el robo que terminó siendo un homicidio triple al enterarse de que la familia se encontraba dentro de la vivienda. La mujer detenida, Wishbeth Guaidó por su parte, era la novia del principal autor, Fernando Peña, venezolana reggetonera que acompañaba al asesino. Ambos estaban en el hostal de Daganzo en el momento de la detención donde allí tenían los objetos robados en el chalé de Chiloeches y ella fue arrestada en calidad de encubridora. También lo habría sido la madre de David, quien le dejó su coche, pero ésta no fue imputable al tratarse de un familiar directo. No obstante, no quedó claro si sabía exactamente lo que iban a hacer.
Los investigadores creyeron que todo fue un robo que «salió mal» y que Fernando decidió asesinar a machetazos a la familia al darse cuenta de que le habían reconocido, ya que le conocían y por tanto iban a delatarle a la Policía. No obstante, no descartaron que entrara acompañado de alguien más.

sábado, 24 de octubre de 2026

Rüdiger Peter Oyntzen, El Doctor Muerte de Sa Coma, Mallorca

El 3 de septiembre de 1996, el médico alemán Rüdiger Peter Oyntzen, de 40 años, se encontraba en trámites de divorcio de su todavía esposa. El juez le había concedido a ella la guardia y custodia de sus hijos. No obstante, la mujer le permitió en el verano de 1996 a su aún marido que viajara a Mallorca con sus dos hijos, Katharina, de ocho años y Matthias, de seis. Los niños se disponían a pasar un mes de vacaciones en la isla favorita en Alemania pero Oyntzen en cambio, tenía macabras intenciones. Había planificado un doble asesinato atroz de sus hijos para vengarse de su exmujer de la forma más cruel y desalmada posible. Lo que actualmente se denomina violencia vicaria y englobada dentro de la violencia machista. Este crimen conmocionó Mallorca, ocurrió el día 3 de septiembre de 1996 en unos apartamentos de Sa Coma. Sus hijos Katharina y Mathias, de 8 y 6 años de edad respectivamente, fueron encontrados muertos por una empleada del hotel. Los dos pequeños estaban acostados en sus camas con una rosa en cada mano. Su progenitor les había inyectado la noche anterior un cóctel de medicamentos que había provocado la muerte a los dos hermanos.
Antes de que encontraran los dos cuerpos, el doctor alemán había intentado quitarse la vida, pero al final no quiso o no supo hacerlo. Primero se inyectó la misma sustancia que proporcionó a sus hijos y se metió en la bañera llena de agua esperando a que le hicieran efecto los medicamentos. Quedó adormecido, pero al rato se despertó. Se vistió y se marchó de la habitación donde yacían muertos sus dos hijos. Seguía con su idea de quitarse la vida y se dirigió hacia la costa. Se metió en el agua e intentó morir ahogado, pero tampoco lo consiguió. Horas después cogió un autobús y se dirigió hacia la zona de Formentor. Se asomó varias veces a los acantilados, pero fue incapaz de lanzarse contra las rocas.
Al día siguiente de localizarse los cuerpos de las dos víctimas, Rüdiger Peter Oyntzen fue localizado en Formentor por una patrulla de la policía local de Pollença. El alemán confesó que era a él a quien buscaban y reconoció que había matado a sus hijos.
Antes de trasladarse a Mallorca de vacaciones había preparado la muerte de sus dos hijos. Hacía poco tiempo que había iniciado el proceso de divorcio con su esposa y el juez alemán le había concedido a ella la guarda y custodia de Katharina y Mathias. Oyntzen no lo aceptó y decidió matar a los niños antes de que pudieran vivir con su madre. Por ello viajó de Alemania a Mallorca con varias sustancias y material médico, como agujas, catéteres y vendas.
Dos años después de descubrirse este macabro doble asesinato, el médico alemán fue juzgado por un jurado popular en Palma de Mallorca. El veredicto fue de culpabilidad. No se aceptó ni una sola de las atenuantes que planteó el acusado que se mostró muy arrepentido por lo ocurrido. Alegó que estaba sufriendo una profunda depresión, con lo que explicó sus crímenes. Pero el jurado no le creyó y le condenó por dos asesinatos. La juez le impuso una pena de 34 años de prisión.
El juicio condenó al médico alemán a 34 años de cárcel e ingresó en la penitenciaría de la carretera de Sóller.
En el año 2009 el abogado de Oyntzen pidió oficialmente su traslado a una prisión alemana para que pudiera estar cerca de su familia, en ese caso sus padres. Dos años después, en virtud del acuerdo en materia penitenciaria entre España y Alemania, el ‘doctor muerte' fue trasladado a una prisión de su país.
Ya en el año 2011 y en régimen de tercer grado sólo acudía a dormir. En 2016 su estado empeoró por un cáncer y fue donde allí falleció.

martes, 13 de octubre de 2026

El Asesinato del Paraguas con Ricino, Georgi Markov de la BBC

Nada supera en espectacularidad y letalidad en el caso del asesinato del periodista búlgaro de la BBC, Georgi Markov con un paraguas envenenado con ricino. El 7 de septiembre del año 1978, el escritor y disidente búlgaro Georgui Markov pagó con su vida sus feroces críticas al presidente búlgaro Tudor Zhivkov. Este importante escritor búlgaro se había refugiado en Londres de la censura y la persecución comunista y, según su círculo cercano, estaba dispuesto a revelar importantes datos de la corrupción en su país natal cuando un paraguas se cruzó en su destino.
En el año 1969 Georghi Markov había viajado a Italia a la espera de que las «nubes de prohibición sobre sus obras se despejasen», pero lo que era una salida temporal se convirtió en definitiva cuando el Gobierno búlgaro se negó a prorrogar su pasaporte. Cuando la KGB y los servicios de espionaje búlgaros le colocaron una diana, Markov se encontraba en la capital británica trabajando en la división búlgara de la BBC.
En 1972, un tribunal búlgaro le condenó por cargo de rebeldía a seis años y seis meses de prisión por su deserción a Occidente y se ordenó retirar sus obras de las bibliotecas y de las librerías oficiales. La respuesta de Georghi Markov fue denunciar desde su obra literaria los abusos de los regímenes totalitarios así como intensificar sus intervenciones en medios de comunicación como Radio Europa Libre. Georgui Markov recibió una pequeña pero letal dosis de esta sustancia en la parte posterior de su pantorrilla y cuando sintió el dolor un individuo le pidió perdón antes de alejarse y tomar un taxi. Precisamente el día del incidente, el 7 de septiembre de 1978, el escritor búlgaro estaba esperando un bus en el puente de Waterloo de camino a la BBC cuando de pronto sintió un pinchazo en la parte de atrás de su muslo derecho. Los servicios secretos búlgaros, asistidos por la KGB, que ya habían intentado asesinar a Markov en el pasado, dispararon en ese momento a la pierna del escritor un perdigón lleno de ricina con la punta del paraguas. El escritor recibió una pequeña pero letal dosis de esta sustancia en la parte posterior de su pantorrilla y cuando sintió el dolor, un individuo le pidió perdón antes de alejarse y tomar un taxi. El búlgaro no le dio mayor importancia, si bien esa misma noche fue ingresado en un hospital, donde murió tres días más tarde.
El paraguas búlgaro se convirtió en un procedimiento recurrente para la KGB , auténtico cerebro de la operación. El paraguas escondía una pistola de aire comprimido, cuyo mecanismo neumático oculto en la punta podía lanzar inyecciones de veneno. Pocas semanas antes de la muerte de Georgui Markov se registró otro intento similar de asesinato en el metro de París, aunque en esa ocasión se usó un mecanismo distinto a un paraguas, contra el periodista y disidente búlgaro Vladimir Kostov. En su caso, los servicios médicos parisinos pudieron extraerle un perdigón con veneno de dimensiones idénticas al que causó la muerte de Georgui Markov. El veneno usado en ambos casos fue la ricina, una de las toxinas más potentes y letales conocidas, que al extraerse de las semillas del ricino (« Ricinus communis »), una planta común, puede cultivarse por cualquiera y es imposible de mantener bajo control.
Incluso a dia de hoy se desconoce la autoría del asesinato de Georgui Markov. Cualquiera puede cultivar ricino se decía. Desertores del KGB de alto perfil, como los soviéticos Oleg Kalugin y Oleg Gordievsky , han confirmado con el paso del tiempo la hipótesis del paraguas búlgaro, pero nunca han aportado nombres. Nadie ha sido acusado oficialmente por el envenenamiento en pleno Londres y ante el colapso del régimen búlgaro en 1989, se ha perdido la esperanza de hallar documentos incriminatorios. En el año 2013, Bulgaria dio por cerrada su investigación porque había prescrito la causa ante falta de pruebas, pese a lo cual el caso sigue abierto para la policía británica.
Un as de picas ocupa la portada de la resurrección literaria de Georgi Márkov (1929-1978), más o menos como si el azar hubiera devuelto a la actualidad al mártir de la Guerra Fría. Es la primera vez que se traduce en España 'Retrato de mi doble'. Y la coartada providencial para evocar la trama con que fue asesinado en Londres al escritor búlgaro Georgui Markov. Un sicario italiano o un plan siniestro de la KGB y un procedimiento letal cuya sofisticación parece evocar a Thomas de Quincey cuando escribió 'Del asesinato considerado como una de las bellas artes'. Se trata del “paraguas búlgaro" y del picotazo que sintió Georgui Markov cuando paseaba sobre el puente de Waterloo, en el espejo del Támesis esperando un bus para dirigirse a los estudios de la BBC. Parecía un simple accidente y hasta el asesino llegó a disculparse cuando le clavó la punta de aquella afilada sombrilla, pero ya le había inoculado una dosis de ricino. Una especie de inyección a la que los doctores no encontraron remedio. Recelaron incluso de la versión que les trasladaba el paciente en su estado de sugestión. Les resultaba inconcebible que Georgui Márkov, como él decía, hubiera sido represaliado por el régimen búlgaro. Y que la erupción de la piel expusiera los síntomas de un envenenamiento. Las sospechas de Márkov terminaron acreditándose en el laboratorio. Estaba sentenciado a muerte. Un monumento evoca en Sofía la leyenda de Markov. La inauguró el presidente Rosen Plevneliev en el año 2014, aunque el reconocimiento póstumo del escritor podría confundirse con cualquiera de los sarcasmos que habitan sus obras. El humor negro formaba parte de los recursos que los artistas del telón de acero exploraban para sustraerse a la tiranía y a la censura. No siempre con éxito. La novela 'El techo' fue retirada de las librerías porque Georgui Márkov exponía la tragedia de unos trabajadores que morían sepultados en una planta metalúrgica llamada Lenin. La alegoría de la opresión resultaba demasiado evidente, como evidentes eran las ganas de Márkov de exiliarse. No solo como escritor represaliado, sino como víctima de una patología que padecían él y sus compatriotas. Llamémosla 'ketman', un concepto búlgaro que alude al desdoblamiento de identidad inducido por el régimen comunista. Manifestarse públicamente de una manera y sobrellevar hacia dentro una angustia y una frustración insoportables. “Mentiras y verdades cambian sus valores con la misma frecuencia que la corriente alterna”, escribió Márkov en un pasaje de 'La verdad que mató'. “Hemos visto como se desvanece la personalidad, como se destruye la individualidad, cómo se corrompe la vida de todo un pueblo con el fin de convertirlos en un rebaño de ovejas apático bajo la inviolabilidad policiaca”.
Es el contexto en el que tiene sentido evocar la definición que Todorov, tan búlgaro como Márkov, había acuñado sobre el comunismo en su perversión económica: “El sistema no puede funcionar cuando los trabajadores fingen que trabajan y cuando el Estado finge que los paga”. Georgui Márkov fue hospitalizado con fiebre alta y fallos orgánicos y falleció cuatro días después del incidente del paraguas, el 11 de septiembre de 1978. Como su muerte repentina levantó sospechas debido a su condición de disidente del régimen comunista, se ordenó una autopsia forense. Durante el examen del cuerpo, los médicos forenses de Scotland Yard detectaron una pequeña herida de puncion y encontraron una minúscula esfera metálica incrustada en el tejido de su muslo de apenas 1,52 mm de diámetro.
Al examinar el perdigón bajo el microscopio en el laboratorio de Scotland Yard, los científicos observaron que la diminuta esfera de platino e iridio tenía cuatro agujeros diminutos perforados en cruz. La esfera fue enviada a los laboratorios de investigación militar y química del gobierno británico en Porton Down. Los científicos determinaron que los agujeros habían albergado una dosis infinitesimal de ricina, una potentísima fitotoxina extraída del ricino (Ricinus communis). Además se descubrió que los orificios del perdigón estaban sellados con un tipo de azúcar especial como gelatina o dextrosa y diseñado para fundirse a la temperatura corporal del cuerpo humano y liberar el veneno una vez dentro del organismo.

viernes, 25 de septiembre de 2026

El Asesinato Encubierto Por Juan Carlos I de Borbón con Sandra Mozarowsky

La famosa frase de Los Borbones son unos ladrones y bribones es de una realidad tan evidente que desde hace siglos se fue forjando y a la generación de Juan Carlos I de Borbón no lo es menos, ya que alrededor de su entorno y su vida, aparecen sucesos de muertes que por pura protección a la Casa Real siempre se les ha atribuido causas para esas muertes como de accidentes. La lista es larga, Alfonso de Borbón es uno de ellos como también lo es el de la joven actriz Sandra Mozarowsky.
Era la madrugada del 24 de agosto de 1977. La jovencísima actriz Sandra Mozarowsky estaba en el balcón del apartamento donde vivía en Madrid, cuando de repente cayó al vacío, desde el cuarto piso. Pasó 22 días en coma antes de morir. Solo tenía 18 años. Una tragedia que golpeó a la sociedad española de la época; la artista era una habitual de las películas del destape y se había hecho bastante famosa entre el público que abandonaba la censura franquista. Oficialmente, estaba sola cuando se accidentó mientras regaba las plantas. Otros afirmaron que se había suicidado. Pero algunas incógnitas sobre lo que realmente ocurrió aquella noche nunca se han resuelto, y su muerte ha estado siempre rodeada de sospechas. Más todavía cuando, pasado un tiempo, cierta prensa aseveró que había sido amiga íntima del rey Juan Carlos, y en los últimos años se ha llegado a publicar también que podía estar embarazada en el momento del siniestro.
De nombre completo Alexandra Elena Mozarowsky Ruiz de Frías, la intérprete era hija de un diplomático ruso que se había casado con una española. Murió joven pero tuvo tiempo de rodar un montón de películas. Veintiuna en total, en la mayoría de las cuales mostraba públicamente sus virtudes a cámara cuando hacía papeles de prostituta o de criada seductora. Nacida en Tánger en 1958 y, con tan solo diez años, debutó en el cine con El otro árbol de Guernica, dirigida por Pedro Lázaga. Arrancaba una carrera que la llevaría a protagonizar más de veinte películas dentro del llamado cine del destape. El mariscal del infierno, El hombre de los hongos, Call-Girl (La vida privada de una señorita bien) o Abortar en Londres fueron algunos de los títulos que la convirtieron en una de las intérpretes más populares de los años 70.
Algunos medios publicaron también que trabajaba en un burdel propiedad de Paco Martínez Soria. Gran amiga de Bárbara Rey, puede ser que fuera ella quien le presentara al entonces rey de España, Juan Carlos I de Borbón, veinte años mayor que ella, encaprichado después de haberla visto en el cine. Los dos habrían mantenido una relación en secreto, sobre la que escribió el periodista Andrew Morton en su libro Ladies of Spain del año 2013. Y aseguró que estaba embarazada de cinco meses cuando perdió la vida.
A esta hipótesis se suma también la escritora Clara Usón en el libro El asesino tímido, que publicó en 2018 y que pone en duda la versión oficial sobre la muerte de Mozarowsky. Las autoridades nunca hicieron público el resultado de la autopsia, pero la novelista sospecha de una muerte extraña e incluso siniestra. Afirma que antes de morir y estando embarazada, la joven artista se había declarado abiertamente antiabortista. Tenía previsto llevar el embarazo a término. Pero aquella fatídica noche de agosto cayó por el balcón y perdió la vida cuando todavía le faltaban unos meses para ser madre.
Clara Usón desmiente a los medios que hablaron de un accidente porque ha investigado el dosier fotográfico policial , “la barandilla le llegaba al codo y las macetas estaban en el suelo. Se publicó que era un cuarto piso, pero en realidad era un segundo. Y nadie riega unas macetas que están en el suelo sacando la cabeza y el brazo por la ventana. Como fuera, cayó a la calle, quedó en coma, inconsciente, desangrándose, y nadie llamó a una ambulancia ni a la policía. Un taxista, que bien sabía lo que tenía que hacer, que era llamar a la policía, porque tenía que haber un atestado, fue el que la llevó al hospital. No hubo ninguna ambulancia. La autopsia no se hizo pública. El padre dijo que bajó pero volvió a subir porque se había dejado las llaves. La madre que se quedó viendo la televisión mientras él iba a buscar a su hija al hospital. Es inverosímil. Mi conclusión es que no estaban en casa”. También afirma que no se podía haber desvanecido por un mareo, porque la barandilla era demasiado alta. Y a los que aseguraron que se había emborrachado antes de suicidarse, Clara Usón les explica que no le encontraron ni una gota de alcohol en sangre.
En el 2020 la vida extramatrimonial del rey Juan Carlos volvió a coger vigor informativo con especial ahínco. Ocurrió después de que la escritora Lucía Etxebarría pusiera el foco en otra de las furtivas aventuras de alcoba del que fuera jefe del Estado durante casi cuatro décadas: la de Sandra Mozarowsky. Una relación que aunque no fue la más controvertida, quizá sí fue la más oscura. Sandra Mozarowsky falleció a la edad de 18 años. Juan Carlos de Borbón tenía entonces 39 años.

domingo, 13 de septiembre de 2026

El Perfil Criminal de Javier Román, Sospechoso de Hacer Desaparecer a Cristina Bergua

Quienes tenemos muchos años y experiencia y hemos estudiado toda la ciencia empírica de la psicología forense además del comportamiento social y la psiquiatría, el lenguaje no verbal ante la ausencia de evidencias firmes, ayuda a elaborar unos hechos partiendo de una perfilación psicológica en un comportamiento criminal. En la fatídica noche del día 9 de marzo del año 1997 entre el margen horario de las 20:30 y las 22:00 , pudo estar la clave ya que nada ni nadie pudo demostrar qué hizo el exnovio de Cristina Bergua, la chica desaparecida ese día cuando tenía apenas 16 años, diez años menos que el principal autor del suceso, Javier Román. Nada ni nadie, excepto la familia de éste, pudieron afirmar que durante ese intervalo de tiempo Javier Román estuvo en su vivienda y como nada demuestra lo contrario lo mas evidente porque impidió que nadie del entorno familiar y social de la chica pudieran comprobar en el interior del inmueble la presencia de la joven Cristina Bergua. Un tiempo crucial y sumamente valioso donde el sospechoso tuvo margen de maniobra para hacer desaparecer a la chica. Con una principal hipótesis de haberla introducido en el interior de la vivienda en unas determinadas circunstancias pero también otra que también pudo haberla llevado a cabo , trasladándola en vehículo hasta el bosque de Collserola o bien al de la Ermita de San Jerónimo, haviendola ocultar,pero por los tempos y por las testificales, la maniobra dentro de la casa es la mas factible. Una elaboración psicológica forense nos hace extraer qué nos estuvo diciendo Javier Román a través de su lenguaje corporal y no verbal para sacar un correspondiente informe criminal.
Su cuerpo en los programas de televisión y entrevistas que se le realizó contradijo por completo la calma que intentaba fingir: Mirada esquiva y falta de contacto visual: Durante las preguntas más incisivas de los presentadores y de forma más evidente, al escuchar la voz de Luisa Vera, madre de Cristina Bergua, Javier Román evitó mirar fijamente a la cámara o al presentador. Sus ojos se movían constantemente hacia abajo y hacia los lados , lo que en psicología se asocia comúnmente con la sobrecarga cognitiva, la construcción de relatos falsos o la evasión de la culpa. Bloqueo corporal y postura defensiva: Se sentó manteniendo los brazos cruzados rígidamente o con las manos fuertemente entrelazadas, creando una barrera física entre él y el entorno en el que en ese momento se encontraba. Este "cierre" corporal denotaba en una persistencia de que se sentía bajo una amenaza constante y en una actitud puramente defensiva. Microexpresiones de tensión: Los expertos detectamos constantes parpadeos acelerados, deglución repetida (sequedad de boca provocada por la adrenalina del miedo y pavor) y sutiles tics faciales cada vez que se mencionaba la última franja horaria en la que se le vio con Cristina, la franja que mencionamos anteriormente. Incongruencia emocional: Lo que más alarmó a los investigadores y a la audiencia fue su absoluta falta de afecto, tristeza y empatía. Su lenguaje corporal no era el de un novio consternado y desesperado por la desaparición de su pareja de 16 años, sino el de un individuo sociopático y narcisista hostil enfocado exclusivamente en protegerse a sí mismo y en desacreditar a la familia de la víctima. A pesar de que este preocupante perfil psicológico reforzó todas las sospechas de los agentes, al no contar con una confesión ni con una sola prueba física en el mundo real, los jueces no pudieron sostener una acusación formal.
La historia comenzó en la noche del 9 de marzo del año 1997 y desde entonces el padre de Cristina Bergua lleva pegadas más de 300.000 fotografías de su hija por toda la geografía de España. «En casos como el nuestro, lo más importante es buscarlos porque la tierra no se traga a los desaparecidos», reclamó. En la cabeza de Luisa Vera y Juan Manuel Bergua, una pregunta se repite con insistencia desde hace más de 28 años. «¿Qué pudo haber pasado? Llegamos a pensar en qué podíamos haber fallado. Pero nunca ha habido respuestas. Ni pruebas. Ni indicios». Pasados 28 años, el caso sigue abierto pero cualquier responsabilidad penal de los autores de la desaparición estará prescrito.
La incertidumbre sobre Cristina, dice el padre, es «mucho peor» que la muerte. «Porque no sabemos qué pasó, ni podemos enterrarla ni hacer un duelo. Es una agonía que te va matando lentamente: el no saber es un sin vivir, el cerebro no descansa nunca. Y así llevamos 28 años».
Aquella fatídica tarde de marzo, la joven, de 16 años, había quedado con su novio. Ella se disponía a romper la relación, se lo había dicho a sus amigas. Javier Román defendió que la acompañó a pie hasta el domicilio de sus padres pero ella nunca llegó a casa. Pasados cinco minutos de las 22 horas, la hora límite para la vuelta de la adolescente al hogar familiar, Juan Manuel Bergua se fue a la comisaría a denunciar su desaparición. Horas después, los progenitores y el hijo mayor empapelaron Cornellà de Llobregat y sus alrededores con carteles en los que se reproducía la imagen de Cristina. Después llegaron las llamadas de socorro a los medios de comunicación, al Gobierno y a cualquier herramienta a su alcance. Muchos vecinos se unieron a las manifestaciones organizadas para encontrar a la joven, pero Javier Román nunca estuvo entre ellos, no hizo ni lo mas mínimo. Aunque el novio de Cristina era el principal sospechoso, jamás hubo ningún elemento de imputación contra él.
Un año después, en 1998, la juez instructora, Maria Sanahuja, siguió una pista anónima que aseguraba que el cadáver de Cristina Bergua podría haber sido arrojado a un contenedor de basura. Pasados varios meses, la juez decidió buscarla entre las 25 toneladas de residuos del vertedero del Garraf. El lugar se convirtió en la esperanza de los Bergua. «Fueron 60 días de búsqueda. Apenas ocho agentes de Policía. El ejército denegó ayuda por no tener preparación ni materiales para subir al vertedero. Y el Parlament paró finalmente los trabajos tras afirmar que eran demasiado caros». Alguien había filtrado a la prensa, vulnerando el secreto de sumario, que la búsqueda en el vertedero tenía un elevado coste. El precio resultó ser de 50 millones de pesetas (300.000 euros). «Sigo sin entender por qué a alguien le podía interesar que se detuviera la búsqueda».
El padre de Cristina Bergua no puede esconder el sabor agridulce que le produjo el contraste entre la búsqueda de su hija en el vertedero por parte de ocho policías voluntarios y la de la sevillana Marta del Castillo en marzo de 2009 , doce años después en el río Guadalquivir con 240 efectivos. «El número de agentes era 30 veces superior. En Sevilla, sólo 24 horas después, se fueron del río a un vertedero. En ese caso, la respuesta fue perfecta, divina. Eso prueba que hemos avanzado. Ojalá la hubieran encontrado».
Luisa Vera y Juan Manuel Bergua han contribuido a la obtención de logros inexistentes hace unos años. «Ya no hace falta esperar 24 o 48 horas para denunciar la desaparición de alguien. La familia tiene derecho a saber qué le ha ocurrido a un familiar mayor de edad que se va sin una razón justificada y deja todas sus cosas en su habitación: un claro síntoma de que algo malo le ha ocurrido».
El matrimonio decidió crear la primera asociación de personas desaparecidas. Inter-SOS fue pionera en la lucha de familiares en España. «Trabajamos duro. Empezamos a salir en medios de comunicación y muchas personas se nos unieron. Llegamos a imprimir miles de carteles para distribuirlos en comisarías y ayuntamientos de toda España. Llegábamos a todas partes. Y, además, hicimos jornadas técnicas de desaparecidos: con dinero procedente de ayuntamientos, invitábamos a criminólogos, policías y políticos».
Lograron que el 9 de marzo sea el día mundial de los desparecidos sin causa aparente. Y la presión de la entidad, sumada a la de otras similares que aparecieron, se tradujo en la aprobación por parte del Estado de algunas de las reclamaciones históricas de los familiares de personas desaparecidas, como la creación en 2008 de una unidad específica en los Mossos d'Esquadra, la aplicación de un protocolo de actuación o la entrada en funcionamiento de una base de datos compartida entre todos los datos de seguridad. «El Gobierno hacía siempre oídos sordos. Ni Jaime Mayor Oreja, ni Mariano Rajoy, ni Ángel Acebes quisieron recibirme cuando eran ministros de Interior. Ahora empieza a escucharnos. El cambio ha sido como pasar de la noche al día». Javier Román posteriormente a todo ésto está teniendo problemas con la justicia, fue encarcelado por tráfico de drogas al ser interceptado en el aeropuerto intentando introducir mas de tres kilos de cocaína llegando desde República Dominicana, alli a una expareja le llegó a confesar que si seguía dándole complicaciones en una serie de asuntos cotidianos " te podré matar, y no serías la primera o acaso no sabes que de donde vengo las hay que lo han sufrido". En suelo español también fue condenado por violencia de género a otra expareja española, esa violencia de género que ejerció decadas atrás y con Cristina Bergua dando fé de ello si llegase a aparecer viva y sana.