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domingo, 9 de agosto de 2026

El Secuestro y Crímen del Bebé de Charles Lindbergh, Caso Pionero en Biología Forense

La vida del bebé Charles Augustus Lindbergh Jr fue breve, apenas dos años , sin embargo, su nombre ha sido pronunciado en millones de ocasiones desde aquel 1 de marzo de 1932 en el que fue secuestrado de la cuna en la que dormía. La relevancia pública de su muerte vino dada por la fama de su padre, Charles Lindbergh, quien en 1927 se había convertido en uno de los hombres más conocidos del mundo ― y un orgullo nacional para los estadounidenses , tras cruzar el Océano Atlántico en un vuelo de treinta y tres horas que enlazaría Nueva York y París. Aquel logro, que se había llevado la vida de otros que lo intentaron antes que él, fue una proeza que abrió camino a la aviación comercial, le valió ser el ganador de los veinticinco mil dólares del premio Orteig , una fortuna en aquellos años , y le aseguró un lugar en las páginas de la Historia. Y lo había logrado a los veinticinco años.
Charles Lindbergh era un ejemplo a seguir, aquello que los grandes estudios de Hollywood buscaban: valiente, guapo, discreto, el galán soñado por las jovencitas y admirado por los hombres. En la gira por todo el país que siguió a su regreso a Estados Unidos, Charles Lindbergh fue aclamado por una multitud que pugnaba por verle. El viaje continuó por América del Sur y América Central, y fue allí donde conoció a quien se convertiría en su esposa, Anne, la hija de Dwight Morrow, embajador de Estados Unidos en México. Anne Morrow parecía la compañera perfecta para el famoso aviador. Era bonita, de aspecto frágil, pero tan aventurera como su marido, y se convirtió en la primera mujer en los Estados Unidos en conseguir una licencia de piloto.
Y todo parecía perfecto hasta que llegó la noche del 1 de marzo de 1932. Aquel día, la familia estaba en su segunda residencia, en Opewell, Nueva Jersey. Hacia las siete y media de la tarde, la niñera de Charles Lindbergh Jr., Betty Gow, acostó al niño en su cuna. Acostumbraba a sujetarle con unas bridas para asegurarse de que el niño no se caía de la cuna durante la noche. Hacia las diez de la noche, regresó al dormitorio y descubrió que el niño había desaparecido. Alarmada, preguntó a su madre Anna, que acababa de salir del cuarto de baño, pero no estaba con ella. Se dirigió después a la planta baja en busca de Charles Lindbergh. El niño tampoco estaba con él. Alarmados, subieron a la habitación del niño, y encontraron que, salvo por la ausencia de este, todo parecía normal. Registraron la casa sin hallarlo, y subieron de nuevo al dormitorio. Fue durante esta segunda visita cuando Charles Lindbergh halló una nota en el alféizar de la ventana escrita a mano con una letra temblorosa, de alguien poco acostumbrado a escribir, era una nota de rescate.
“Tenga listos 50.000 $, 25.000 $ en billetes de 20, 15.000 en billetes de 10, y 10.000 $ en billetes de 5. En 2, 4 días, le informaremos de cómo entregar el dinero. Le advertimos que no haga público esto ni notifique a la policía. El niño está siendo bien atendido. Las cartas serán firmadas con tres agujeros”. Al final de la carta aparecían dos círculos que se cruzaban, y un tercero, pintado de color rojo, en el interior. El autor había dibujado dos puntos a derecha e izquierda de los círculos, y un tercero en la zona en que se cruzaban, además de dos líneas verticales en su interior. Charles Lindbergh no hizo caso a la nota, y la policía se involucró desde el primer momento. Su fama era tan grande que la noticia llegó a todo el mundo, y todos aquellos que podían quisieron participar en los hechos siguientes. Incluso el gángster Al Capone, que en aquel entonces vivía sus días en prisión ofreció su ayuda para dar con los secuestradores. Por su parte, Evelyn Walsh McLean, la heredera de un minero que se había convertido en millonario, y casada con el también millonario John Mclean, propietario del periódico Washington Post, entregó cien mil dólares por una pista que, supuestamente, permitiría localizar al niño y que terminó por convertir a la propietaria del famosísimo diamante Hope en víctima de los ardides de Gaston Means, un antiguo agente de la Oficina de Investigación que se jactaba de haber sido acusado de todos los delitos tipificados en el Código Penal. La investigación del secuestro caía dentro de la jurisdicción de la policía de Nueva Jersey, pero el fiscal general de los Estados Unidos, William D. Mitchell, tomó cartas en el asunto y anunció que el departamento de Justicia se ponía a disposición de la policía estatal para colaborar en la investigación.
El 5 de marzo de 1932 la familia Lindbergh recibió una nueva carta de los secuestradores, también identificada con el símbolo de círculos, puntos y líneas verticales, en la que se informaba de que el niño estaba bien atendido y se pedía que la policía no interfiriese en el caso. Surgió en este punto una figura curiosa, la de John F. Condon, un maestro jubilado de 72 años que había publicado un anuncio en el Bronx Home News en el que se ofrecía como intermediario entre la familia y los secuestradores. En su escrito, Condon ofrecía mil dólares de su bolsillo al rescate inicial. Tal propuesta fue objeto de una investigación inmediata por parte de las autoridades, pero también fue aceptada por Charles Lindbergh y, mediante una carta posterior, también por los secuestradores. Se sucedieron las cartas entre la familia y los captores de su hijo, que desembocaron en una reunión en el cementerio Woodlawn, en el Bronx, entre John F. Condon y uno de los secuestradores al que se conocería como “Cemetery John”. Durante esa reunión, “Cemetery John” aseguró que el niño estaba bien, y que él formaba parte de una banda integrada por tres hombres y dos mujeres. Condon solicitó una prueba de que lo que decía era cierto y que, en verdad, tenían al niño. Como consecuencia de este encuentro, el 16 de marzo de 1932, Condon recibió por correo el pijama del niño, que fue identificado por los Lindbergh. Entonces, Condon publicó un anuncio en la sección de clasificados del New York American que decía: “El dinero está listo. No hay policías. No hay servicio secreto. Vengo solo, como la última vez”. El dinero del rescate, en forma de certificados de oro, menos volátiles que la divisa nacional, fue introducido en una caja de madera que había sido construida para la ocasión con el objetivo de que pudiera ser identificada en el futuro. También se registraron los números de serie para seguirles la pista. El dinero fue entregado, y a cambio, Condon recibió una nota de los secuestradores en la que se indicaba la localización del niño. Pero el niño no apareció. Lo hizo el 12 de mayo de 1932, dos meses y medio después de haber sido secuestrado, cuando Orville Wilson, quien conducía un camión de reparto con su compañero, William Allen, se detuvo en el arcén de la carretera, a pocos kilómetros de la casa de los Lindbergh, en busca de un lugar para orinar. Al adentrarse en el bosque halló el cadáver de un niño a medio enterrar. Tenía el cráneo aplastado y marcas de mordeduras de alimañas. Fue la niñera, Betty Gow, quien identificó el cuerpo gracias a los dedos montados de los pies. No se practicó la autopsia, y el cadáver fue inmediatamente incinerado a petición de Charles Lindbergh, quien después emprendió un vuelo en su aeroplano para esparcir las cenizas en el Océano Atlántico. La investigación policial continuó, aún con más furia del pueblo americano tras el macabro final del bebé. Condon fue investigado, se sospechaba que había estado involucrado en el secuestro, y se prometió a sí mismo que descubriría a los culpables, algo que nunca logró. De “Cemetery John” nada se sabía, y sólo se podía esperar que los certificados de oro fuesen apareciendo. Y eso es lo que ocurrió. Los números de serie de los certificados se hicieron públicos con la esperanza de que alguien los identificase. Debían ser canjeados por dólares antes del 1 de mayo de 1933, y aquello suponía una oportunidad para su seguimiento. Poco antes de la fecha límite, alguien canjeó certificados por importe de 2.980 dólares en un banco de Manhattan. Lo hizo con el nombre de J. J. Faulkner, con domicilio en el 537 oeste de la calle 149. Cuando la policía investigó el hecho, descubrieron que nadie llamado Faulkner vivía allí, aunque sí lo había hecho, veinte años atrás, una mujer llamada Jane que nada sabía de la operación de cambio de moneda. Algunos certificados fueron localizados entre el Bronx y Manhattan, y fue en esta zona donde el 18 de septiembre de 1934 un cajero de un banco de Manhattan identificó uno de ellos y lo comunicó a la policía. En uno de los márgenes del billete alguien había escrito un número de matrícula: 4U-13-41-NY. Había sido el gerente de una gasolinera cercana quien había canjeado el certificado, y cuando fue interrogado por la policía, indicó que se lo había dado un tipo que había comprado un galón de gasolina. Le había parecido sospechoso, y por ese motivo, creyendo que, tal vez, el certificado pudiese ser falso, tomó la precaución de anotar el número de matrícula de su vehículo. La policía siguió la pista, que les condujo hasta el domicilio de Bruno Richard Hauptmann, un inmigrante alemán de 35 años. Cuando registraron su casa, según se confirmó durante el juicio posterior, la policía halló en el garaje 14 mil dólares en certificados de oro, un papel con el nombre y el número de teléfono de John F. Condon, y un trozo de madera que se correspondía con la que se había utilizado en la construcción de la escalera con la que el asesino había subido hasta la habitación del niño y que se había encontrado en unos arbustos cercanos. El culpable había sido capturado.
Bruno Richard Hauptmann, nacido en el estado de Sajonia, Alemania, el 26 de noviembre de 1899 era un carpintero que había servido en el ejército de su país durante la primera guerra mundial y que había llegado a los Estados Unidos en noviembre de 1933 ocultándose a bordo del buque SS George Washington. Antes de conseguirlo, lo había intentado en otras dos ocasiones, siempre a bordo del mismo buque, y en ambas oportunidades había sido localizado y devuelto a su país. Al terminar la primera guerra mundial, y sin otro medio para sobrevivir, Bruno Richard Hauptmann se sumergió en el mundo de la delincuencia. Su delito era el robo, tanto en viviendas particulares como en oficinas bancarias, y no tardó en ser capturado, juzgado y sentenciado a cinco años de prisión de los que cumplió cuatro. Al salir, reincidió y fue encarcelado de nuevo, aunque logró huir. Al llegar a Estados Unidos trabajó en lo que podía encontrar, principalmente como carpintero. Vivía con su mujer, Anna Schoeffer, y el hijo de ambos, en el barrio del Bronx, donde había circulado algunos de los certificados de oro registrados en el pago del rescate. Hauptmann mantuvo su inocencia. Aseguró que el dinero que la policía había hallado en su casa, dentro de una caja de zapatos, era de un amigo llamado Isidor Fisch que había regresado a Alemania, donde había fallecido el 29 de marzo de 1934. Según Hauptmann, Fisch le debía siete mil quinientos dólares, y cuando halló el dinero, decidió quedárselos. Fue metido en la prisión del condado de Hunterdon, en Flemington, Nueva Jersey, el 19 de octubre de 1932, a la espera del juicio, que fue presidido por el juez Thomas Whitaker Trenchard. El fiscal general de Nueva Jersey, David T. Willentz, dirigió la acusación; y la defensa corrió a cargo de Edward J. Reilly, cuyos honorarios fueron pagados por el New York Daily Mirror, que había llegado a un acuerdo con Hauptmann en base al cual le conseguirían una buena defensa a cambio de su historia.
El juicio del siglo, como fue denominado por muchos, llenó las portadas de los periódicos del país. A las puertas del juzgado se congregaban multitudes que algunos aprovecharon para hacer negocio. Se vendían réplicas a escala de la escalera utilizada en el secuestro y falsos mechones de cabello del niño. La defensa insistió en que todas las pruebas que acusaban a Bruno Richard Hauptmann eran circunstanciales, pero la opinión pública y la del jurado coincidieron: Bruno Richard Hauptmann fue hallado culpable. La sentencia fue la muerte por electrocución, que se llevó a cabo el 3 de abril de 1936 ante cincuenta testigos. El matrimonio Lindbergh fue invitado a presenciar la ejecución, pero decidieron no asistir y trasladarse a Europa. Su última cena fue pollo asado con patatas, apio, aceitunas y guisantes; de postre, pastel de cereza. Hacia el final se le ofreció conmutar la pena de muerte a cambio de la confesión de su participación en el crimen, pero Hauptmann se negó y continuó declarándose inocente.
Con el tiempo se descubrió que buena parte de las pruebas utilizadas en el juicio habían sido “plantadas”. El trozo de madera hallado en su casa y que, según el experto de la fiscalía se correspondía con la utilizada en la construcción de la escalera, había sido dejado por la policía; un periodista confesó que había escondido en el armario de Hauptmann la nota con el nombre y el número de teléfono de John F. Condon; y el testigo que afirmaba haber visto a Hauptmann en los alrededores de la casa de los Lindbergh la noche del secuestro, era casi ciego. Surgieron entonces teorías que involucraban a Charles Lindbergh en la muerte de su hijo. Según algunos testimonios, una semana antes del secuestro, había dicho a unos amigos que su hijo pequeño había sido secuestrado, para decir después que todo había sido una broma. La teoría era que Lindbergh había querido gastar una nueva broma, había sacado a su hijo a través de la ventana, el niño se había caído accidentalmente, y había muerto. Charles Lindbergh y su esposa Anne Morrow se instalaron en Europa, donde el piloto se acercó al régimen nazi, hasta el punto de que Hermann Goering le entregó la Orden alemana del Águila. Ella se convirtió en una escritora de éxito y él ocupó varios cargos oficiales relacionados con la aviación militar y civil. También le dio tiempo a mantener tres matrimonios en secreto, aunque esa es otra historia diferente. La de Charles Augustus Lindbergh Jr., es una historia triste, con un final dramático, demasiado breve y con lagunas. Hoy quedan preguntas que responder y el recuerdo de lo que para muchos es uno de los grandes enigmas criminales del siglo XX. La madera de la escalera Uno de los expertos citados por la fiscalía fue Arthur Koehler, experto en anatomía e identificación de madera en el Laboratorio de Productos del Bosque del Servicio Forestal de EE.UU. de Madison, Wisconsin. Lo necesitaban, pues una de las primeras pistas que encontró la policía cerca del perímetro del hogar de los Lindbergh fueron tres piezas de una escalera, bien diseñada pero toscamente construida. El tipo de evidencia que Koehler iba a presentar era muy inusual, había muy poco precedente, y no era seguro que la fueran a aceptar: el experto iba a hablar de la estructura de la madera que había sido usada para hacer la escalera. "No hay tal cosa entre los hombres como un experto en madera", alegó la defensa. "No es una ciencia reconocida por los tribunales; no está al nivel de los expertos en grafología, o en huellas digitales, o balísticos... El testigo probablemente puede testificar como un carpintero experimentado o algo así... pero cuando se trata de expresar una opinión como experto o como científico, eso es muy distinto", continuó, concluyendo que la opinión del jurado en ese tema tenía el mismo peso que la de Koehler. No obstante, el juez respondió: "Considero a este testigo calificado como experto", marcando un momento histórico para la ciencia ahora conocida como biología forense. Koehler demostró que la madera de la escalera, más allá de cualquier duda fundada, vinculaba a Hauptmann directamente con el delito.
Hoy en día, la botánica es parte importante en las investigaciones. Y hay algunas plantas que son particularmente útiles. "Las moras crecen a menudo en lugares en los que hay personas que hacen cosas malas a otras. Se encuentran en las márgenes de las vías públicas o en zonas industriales, por ejemplo", le explica a la BBC Mark Spencer, encargado de la biblioteca de plantas del Museo de Historia Natural en Londres. Trabaja como investigador forense. Como tal, aprovecha sus conocimientos sobre las moras, ortigas y otras plantas en las pesquisas de delitos graves. "Si se deja un cuerpo en el suelo o enterrado, y no es descubierto durante meses o hasta años, la vegetación volverá a crecer", señala. En ese caso, el distintivo patrón de crecimiento de las moras ayuda a establecer cuánto tiempo han estado los restos humanos en la escena del crimen. Las ortigas también son excelentes para dar pistas. Su ritmo de crecimiento y estructura radicular son regulares, lo que le da a los investigadores un marco en el cual basar sus estimados del momento de fallecimiento. El polen puede contar una historia. Si se encuentra en el pelo, la ropa o la piel de las víctimas da una indicación de un hábitat o área y así los investigadores pueden deducir si su cuerpo fue movido o si el crimen tuvo lugar en donde fue encontrado, por ejemplo. Saber el orden en el que distintas plantas se establecen es valioso cuando se buscan tumbas escondidas. El suelo perturbado es colonizado rápidamente por especies pioneras y después, por una sucesión de otras. Un pedazo de bosque en el que prevalecen las especies pioneras indica que algo sucedió hace poco, y los patrones de rebrote pueden ser identificados muchos años después del evento. ... y el ADN, otro hito Casi 60 años después de que el juez del caso del hijo de Lindbergh considerara válido el testimonio de un experto en madera, una muerte introdujo la biología forense en los tribunales. El icónico caso tuvo lugar en el año 1993, en los primeros días de la tecnología del ADN. El cadáver de una mujer fue encontrado en el desierto de Arizona, en un lugar rodeado de árboles paloverde. Uno de ellos tenía huellas de una colisión reciente. Al examinar la camioneta del sospechoso, se encontraron dos vainas de semillas de paloverde, y el análisis del ADN de éstas, del árbol dañado y de otros 29 árboles confirmó fuera de toda duda que las vainas eran del árbol dañado. Eso vinculó al vehículo con el lugar del asesinato. En el juicio subsecuente, esta información se convirtió en la primera evidencia botánica molecular aceptada por un tribunal en la historia, y ayudó a condenar al sospechoso por asesinato.

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