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martes, 13 de octubre de 2026
El Asesinato del Paraguas con Ricino, Georgi Markov de la BBC
Nada supera en espectacularidad y letalidad en el caso del asesinato del periodista búlgaro de la BBC, Georgi Markov con un paraguas envenenado con ricino. El 7 de septiembre del año 1978, el escritor y disidente búlgaro Georgui Markov pagó con su vida sus feroces críticas al presidente búlgaro Tudor Zhivkov. Este importante escritor búlgaro se había refugiado en Londres de la censura y la persecución comunista y, según su círculo cercano, estaba dispuesto a revelar importantes datos de la corrupción en su país natal cuando un paraguas se cruzó en su destino.
En el año 1969 Georghi Markov había viajado a Italia a la espera de que las «nubes de prohibición sobre sus obras se despejasen», pero lo que era una salida temporal se convirtió en definitiva cuando el Gobierno búlgaro se negó a prorrogar su pasaporte. Cuando la KGB y los servicios de espionaje búlgaros le colocaron una diana, Markov se encontraba en la capital británica trabajando en la división búlgara de la BBC.
En 1972, un tribunal búlgaro le condenó por cargo de rebeldía a seis años y seis meses de prisión por su deserción a Occidente y se ordenó retirar sus obras de las bibliotecas y de las librerías oficiales. La respuesta de Georghi Markov fue denunciar desde su obra literaria los abusos de los regímenes totalitarios así como intensificar sus intervenciones en medios de comunicación como Radio Europa Libre.
Georgui Markov recibió una pequeña pero letal dosis de esta sustancia en la parte posterior de su pantorrilla y cuando sintió el dolor un individuo le pidió perdón antes de alejarse y tomar un taxi.
Precisamente el día del incidente, el 7 de septiembre de 1978, el escritor búlgaro estaba esperando un bus en el puente de Waterloo de camino a la BBC cuando de pronto sintió un pinchazo en la parte de atrás de su muslo derecho. Los servicios secretos búlgaros, asistidos por la KGB, que ya habían intentado asesinar a Markov en el pasado, dispararon en ese momento a la pierna del escritor un perdigón lleno de ricina con la punta del paraguas. El escritor recibió una pequeña pero letal dosis de esta sustancia en la parte posterior de su pantorrilla y cuando sintió el dolor, un individuo le pidió perdón antes de alejarse y tomar un taxi. El búlgaro no le dio mayor importancia, si bien esa misma noche fue ingresado en un hospital, donde murió tres días más tarde.
El paraguas búlgaro se convirtió en un procedimiento recurrente para la KGB , auténtico cerebro de la operación. El paraguas escondía una pistola de aire comprimido, cuyo mecanismo neumático oculto en la punta podía lanzar inyecciones de veneno. Pocas semanas antes de la muerte de Georgui Markov se registró otro intento similar de asesinato en el metro de París, aunque en esa ocasión se usó un mecanismo distinto a un paraguas, contra el periodista y disidente búlgaro Vladimir Kostov. En su caso, los servicios médicos parisinos pudieron extraerle un perdigón con veneno de dimensiones idénticas al que causó la muerte de Georgui Markov. El veneno usado en ambos casos fue la ricina, una de las toxinas más potentes y letales conocidas, que al extraerse de las semillas del ricino (« Ricinus communis »), una planta común, puede cultivarse por cualquiera y es imposible de mantener bajo control.
Incluso a dia de hoy se desconoce la autoría del asesinato de Georgui Markov. Cualquiera puede cultivar ricino se decía. Desertores del KGB de alto perfil, como los soviéticos Oleg Kalugin y Oleg Gordievsky , han confirmado con el paso del tiempo la hipótesis del paraguas búlgaro, pero nunca han aportado nombres. Nadie ha sido acusado oficialmente por el envenenamiento en pleno Londres y ante el colapso del régimen búlgaro en 1989, se ha perdido la esperanza de hallar documentos incriminatorios. En el año 2013, Bulgaria dio por cerrada su investigación porque había prescrito la causa ante falta de pruebas, pese a lo cual el caso sigue abierto para la policía británica.
Un as de picas ocupa la portada de la resurrección literaria de Georgi Márkov (1929-1978), más o menos como si el azar hubiera devuelto a la actualidad al mártir de la Guerra Fría. Es la primera vez que se traduce en España 'Retrato de mi doble'. Y la coartada providencial para evocar la trama con que fue asesinado en Londres al escritor búlgaro Georgui Markov. Un sicario italiano o un plan siniestro de la KGB y un procedimiento letal cuya sofisticación parece evocar a Thomas de Quincey cuando escribió 'Del asesinato considerado como una de las bellas artes'.
Se trata del “paraguas búlgaro" y del picotazo que sintió Georgui Markov cuando paseaba sobre el puente de Waterloo, en el espejo del Támesis esperando un bus para dirigirse a los estudios de la BBC. Parecía un simple accidente y hasta el asesino llegó a disculparse cuando le clavó la punta de aquella afilada sombrilla, pero ya le había inoculado una dosis de ricino. Una especie de inyección a la que los doctores no encontraron remedio.
Recelaron incluso de la versión que les trasladaba el paciente en su estado de sugestión. Les resultaba inconcebible que Georgui Márkov, como él decía, hubiera sido represaliado por el régimen búlgaro. Y que la erupción de la piel expusiera los síntomas de un envenenamiento. Las sospechas de Márkov terminaron acreditándose en el laboratorio. Estaba sentenciado a muerte.
Un monumento evoca en Sofía la leyenda de Markov. La inauguró el presidente Rosen Plevneliev en el año 2014, aunque el reconocimiento póstumo del escritor podría confundirse con cualquiera de los sarcasmos que habitan sus obras. El humor negro formaba parte de los recursos que los artistas del telón de acero exploraban para sustraerse a la tiranía y a la censura. No siempre con éxito. La novela 'El techo' fue retirada de las librerías porque Georgui Márkov exponía la tragedia de unos trabajadores que morían sepultados en una planta metalúrgica llamada Lenin.
La alegoría de la opresión resultaba demasiado evidente, como evidentes eran las ganas de Márkov de exiliarse. No solo como escritor represaliado, sino como víctima de una patología que padecían él y sus compatriotas. Llamémosla 'ketman', un concepto búlgaro que alude al desdoblamiento de identidad inducido por el régimen comunista. Manifestarse públicamente de una manera y sobrellevar hacia dentro una angustia y una frustración insoportables.
“Mentiras y verdades cambian sus valores con la misma frecuencia que la corriente alterna”, escribió Márkov en un pasaje de 'La verdad que mató'. “Hemos visto como se desvanece la personalidad, como se destruye la individualidad, cómo se corrompe la vida de todo un pueblo con el fin de convertirlos en un rebaño de ovejas apático bajo la inviolabilidad policiaca”.
Es el contexto en el que tiene sentido evocar la definición que Todorov, tan búlgaro como Márkov, había acuñado sobre el comunismo en su perversión económica: “El sistema no puede funcionar cuando los trabajadores fingen que trabajan y cuando el Estado finge que los paga”.
Georgui Márkov fue hospitalizado con fiebre alta y fallos orgánicos y falleció cuatro días después del incidente del paraguas, el 11 de septiembre de 1978. Como su muerte repentina levantó sospechas debido a su condición de disidente del régimen comunista, se ordenó una autopsia forense.
Durante el examen del cuerpo, los médicos forenses de Scotland Yard detectaron una pequeña herida de puncion y encontraron una minúscula esfera metálica incrustada en el tejido de su muslo de apenas 1,52 mm de diámetro.
Al examinar el perdigón bajo el microscopio en el laboratorio de Scotland Yard, los científicos observaron que la diminuta esfera de platino e iridio tenía cuatro agujeros diminutos perforados en cruz.
La esfera fue enviada a los laboratorios de investigación militar y química del gobierno británico en Porton Down. Los científicos determinaron que los agujeros habían albergado una dosis infinitesimal de ricina, una potentísima fitotoxina extraída del ricino (Ricinus communis).
Además se descubrió que los orificios del perdigón estaban sellados con un tipo de azúcar especial como gelatina o dextrosa y diseñado para fundirse a la temperatura corporal del cuerpo humano y liberar el veneno una vez dentro del organismo.
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